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Leyenda de la Calle Claveles

Leyenda de la Calle Claveles en Casas de Reina

Leyenda de la Calle Claveles - Casas de Reina

Corría octubre de 1.750. Lugar de referencia Casas de Reina, en una de sus más pobres y feas calles la llamada Estrecha (en la actualidad calle Claveles), que va y viene entre Plaza Real (Plaza de España) y Calle Monroy (Calle Atrás) 


La mañana había sido glacial; destemplada y brumosa la tarde; entró la noche con tinieblas y lluvias; un gotear lento, menudo sin tregua, como el llanto de las aflicciones que no tienen ni esperanza remota ni consuelo. A las once la embocadura de la calle por la de Calle Monroy era tenebrosa, siniestro el espacio que la oscuridad permitía ver entre las dos filas de casas, gibosas, encaradas. El farol de la esquina dormía en descuidada lobreguez; el inmediato pestañeaba con resplandor agónico. Sólo brillaba despierto y acechante, el que el promedio de la calle alumbraba. Ánimas del purgatorio andarían de fijo por allí; los vivientes y los visibles eran un ciego que entró en la calle apaleando el suelo, el sereno cuyo paso por la calle Estrecha se advertía por el tembloroso farol que hacía eses de una a otra puerta para luego eclipsarse en el despacho de vinos sito en la calle que hoy baja hasta la Plazuela (esta calle no existía, pues aquí se alzaba un gran caserón que ese año se dedicaba a despacho de vinos); una mendiga que se escurría entre las sombras y un galgo con los huesos marcados que andaba vibrando de frío… 


En el momento de mayor soledad, un hombre dobló con decidido paso la esquina de la Calle Monroy y puso cara y pecho a la siniestra calle, sin vacilación, ni recelo, afrontando con valentía las molestias del empizarrado suelo y los peligros de ladronzuelos; más temiendo a los tropezones pues donde no había un charco había resbaladizas piedras y por todos lados objetos abandonados, cestos rotos, escombros amontonados, perros dormidos, gatos al acecho. 


Por la forma de andar se veía que el hombre era joven, se notaba en la agilidad con que sorteaba los obstáculos, tan pronto se arrimaba a las casas de la derecha como a las de la izquierda. Las gotas de lluvia bailaban en los charcos produciendo un punteado luminoso: era la única claridad que permitía distinguir los contornos de aquel archipiélago y precisar sus sirtes engañosas o el seguro de sus islotes. 


El joven que tal era sin duda, pues no hay disfraz que enmascare la juventud, iba totalmente de negro, una capa negra caída hasta las curvas, encima una sobre capa que bordeaba con su vuelo por encima de la cintura, pantalón bombacho metido con dejadez por las botas altas, cubiertas con polainas de cuatro hebillas doradas; todo copado por un sombrero de ala ancha con la izquierda doblada, escapando por su doblez y hacia atrás una pluma larga: cola de alcaraván. Su labio superior sujetaba un fino bigote agarrado en sus extremos por una perilla pequeña tipo Becqueriana. 


Habiendo pasado el despacho de vinos de donde aún salían voces y algún que otro canto de pronunciación embriagada con olor agrio de vino; paró el  joven ante una fachada grande, destartalada, colgando de uno de los aldabones de la puerta totalmente cerrada, tres claveles rojos, quedando cierto tiempo mirando la ventana superior de donde salían rayitas de luz entre las tablas mal engarzadas. A dos pasos, la esquina de la Plaza Real, donde acababa la oscuridad y empezaba una claridad nítidamente dorada haciendo ver el sirimiri danzando en su despreocupada caída. Sin duda la noche estaba cerrada en aguas. 


Una conversación y un cerrojazo advierte el cierre del despacho de vinos y la salida del sereno que alumbra los pasos de Don Francisco de Santos Monresin (Regidor) para evitar que éste pise los charcos o resbale en alguna pizarra camino a su casa. 


El joven solo tuvo que pegarse a la pared para no ser visto por el regidor y el sereno que pasaron a menos de cuatro palmos, pues iban más pendientes de los obstáculos que les ofrecía la oscura calle que de recrear su vista por los laterales. 


El Sr. Regidor se introdujo en su casa tras haber cruzado la Plaza y el sereno siguió haciendo su ronda con dirección a la plaza del Rubio (Plazuela) y Mesones. 


Casas de Reina estaba sumida en un sueño tembloroso, frío y tiritoso; la lluvia arrecia. Con las prematuras luminarias del alba el pueblo empieza a despertarse y los habitantes se dirigen a sus puestos de trabajo. 


Los trabajadores por esa época eran más o menos los siguientes: un cura, un sacristán, un acólito, un escribano, 21 hidalgos, 50 labradores, 54 jornaleros, aparte los cogedores de Diezmos, arrendadores de minucias, aguacil, barbero, sangrador, etc. 


Fueron unos labradores y jornaleros, que al entrar en Calle Estrecha por la Plaza Real con sus bestias y aperos de labranza con dirección a la sierra, concretamente a la “Cabrita”, los que encontraron tendido en el suelo el cadáver de un puesto joven para todos desconocidos. Al poco rato ya estaban en la calle Estrecha Don Pedro Santos, alcalde de los Nobles y Don Francisco de Chávez Bravo, alcalde del pueblo llano, acompañado del escribano Juan Muñoz Maldonado, para levantar acta de los hechos y de las declaraciones que hacían in situ los labriegos que encontraron el cadáver. 


Nadie conocía al joven difunto y nadie le había visto jamás por estos lugares. En la ventana superior de la casa, en cuya puerta estaba el difunto, una joven sostenía en sus manos tres claveles rojos, como durante varios años; todas las mañanas retiraba de los aldabones los tres claveles, sin saber quien allí los prendía todas las noches. Hoy al salir a recogerlos vio el cuerpo muerto del joven y sin decir nada cerró la puerta y subió corriendo a su alcoba, sabiendo quien le regalaba tres claveles rojos cada madrugada, haciendo sentirla culpable de lo que al joven le había ocurrido. 


La mañana discurría fría y helada; la llovizna era cansina, persistente; el aire del norte helado y cortante barría la Plaza Real para encallejonarse por la Calle Estrecha. Las autoridades rodeaban el cuerpo inerte del joven mientras el médico hacía conjeturas sin saber exactamente de que había muerto el hombre tendido en el suelo embarrado de la calle. Al final el médico dictaminó muerte por congelación, evitando así estar más tiempo a la intemperie, pues el caso estaba dudoso y a fin de cuentas a nadie parecía interesarle el difunto y no viéndose a este ninguna herida y ninguna señal de lucha decidió acabar lo más cómodamente la situación, abreviando para así quitarse pronto de las inclemencias del tiempo que les helaba los huesos a todos los allí presentes. 


Avisaron rápidamente al cura párroco Rdo. Don Juan Espinosa Vélez de la Orden de Santiago para que autorizara depositar el cadáver en la Iglesia y esperando la hora del entierro ya ver mientras aparecía alguien que le conociera e identificara. 


Los alcaldes pasaron los pertinentes informes y dieron cuenta a la Real Audiencia de Extremadura. Mientras el sacerdote hacía lo propio enviando su informe a Don Manuel Fernández Villanueva, Gobernador Eclesiástico del Gobierno del Obispado, Priorato de San Marcos de León. 


Y así en un trasiego de ir y venir, de informar y ser informado, pasó la mañana. Y con la tarde llegó la hora en que el cuerpo del caballero fue enterrado. De nuevo la noche envuelve la calle Estrecha y la hace tétrica, intransitable, inválida por la oscuridad. Y cerca de la esquina con Plaza Real, en la ventana de arriba se distinguen las rayitas de luz salidas por las grietas de la madera resquebrajada. Dentro, una joven pensativa mira desolada tres claveles rojos prendidos en su almohada recordando lo que un apuesto joven le dijo años atrás, después de ésta haberle rechazado sus amores:


“Todos los días a primera hora encontrarás muestras de mi amor, mi sangre y mi pasión por ti” 


Ahora se explica el significado de los tres claveles rojos, pues éstos, representaban por su color, uno al rojo amor, otro a la roja sangre y el último a la roja pasión. 


Cuenta la leyenda que la joven jamás se casó y que todas las mañanas ella bajaba a la calle para recoger los tres claveles que el ánima del apuesto joven, todas las noches prendía del aldabón hasta que ella murió de vieja. Desde entonces esta calle fue mencionada por el nombre de Calle Claveles. 


Fuente: Juan Limones Plaza 


 


 

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